viernes, 16 de febrero de 2018

Narraciones ordinarias: La rutina y el café de olla.



Foto: Yllaly Barba
En la mayoría de las ocasiones, el levantarse temprano para ir a trabajar resulta ser todo un reto, sobre todo en las fechas que hace frio o al menos a mí así me parece.


Suena la alarma y sacar el brazo de la frazada para apagarla es el primer momento de dificultad. Vuelves a meter el brazo y ahí te quedas unos segundos, pensando en que te gustaría quedarte y seguir con ese maravilloso sueño en dónde te peleabas con un trabajador del cine porque no quería hacer válido tu cupón. Al final sales de la cobija y vas a darte una ducha con agua caliente y eso está bien, es el primer buen momento del día, lo malo es que dura muy poco y salir al frio cuesta aún más.


Al final te abrigas y superas el frio, si usas el transporte público caminas a la parada y te encuentras con que hay un montón de personas esperando el mismo camión. Este llega y entre empujones y demás  logras agarrarte bien y comenzar con el viaje.


Es bien sabido por muchas personas que en el transporte público hay que soportar bastantes cosas, como el ir de pie todo el camino, y cuando tienes la suerte de tomar asiento igual debes soportar que alguien que va de pie te ponga su mochila en la cara o tu compañero de un lado vaya a sus anchas y bien dormido. En lo personal creo que lo más difícil de soportar son los olores.


Cuando se llega al destino a veces se tiene la suerte de estar a buen tiempo y traer unos pesitos de más así que puedes llegar a la cocina económica más cercana. Cuando te reciben con una sonrisa y con un café de olla listo sin siquiera preguntar (a pesar de que no llegas a consumir seguido) por un momento se olvida el frio y la incomodidad en el camión para dejar a un cosquilleo cálido instalarse en tu pecho y barriga, sintiéndote abrigado.


En caso de despertar a un lado del ser amado y que este no se vaya a levantar, hazte a la idea de que llegas tarde y sin café, pero valdrá la pena.

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