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| Cine en Ixtapa. Foto: Yllaly Barba Morales |
Ir al cine era un acontecimiento especial, ya que en casa se
veían películas todos los días, pero salir para ir al cine era poco usual. Sólo
pasaba cuando había alguna película importante, alguien especial de visita o
porque se pidiera ir como festejo de cumpleaños.
A veces sólo se decidía ir, y aunque era una decisión
casual, teníamos que darnos el tiempo para bañarnos y ponernos la ropa limpia
más bonita disponible (vestidos de fiesta no, obviamente). Mamá y papá pedían
un buen comportamiento acompañado de una pequeña amenaza durante el camino de
no volver si había berrinches puesto que el cine siempre fue un lugar lejano a
la casa, ahí una de las razones por las cuales no íbamos seguido.
Llegábamos y veíamos las películas disponibles en la pared,
brillando ante nosotros. Elegíamos la que nos parecía la mejor opción, mamá y
papá iban a taquilla a pedir los boletos por una ventanilla que tenía un
micrófono extraño, y lo siguiente era la dulcería, elegir qué comer y qué no
comer era sumamente difícil ya que no sólo estaba presente ese irresistible
aroma a palomitas con mantequilla, también estaban los chocolates y demás
golosinas detrás de una vitrina, esperando por nosotros. Si había un poco de
suerte se pedían las palomitas y también los dulces, si no igualmente había
palomitas.
Después de un rato se pasaba a las salas donde a pesar de
estar algo oscuro y frio, se sentía una emoción grande, como cuando te vas a
dormir en noche buena. Papá y mamá nunca nos dejaron ir hasta al frente e
íbamos a los lugares más atrás disponibles.
Las luces se apagaban y comenzamos una aventura maravillosa
donde veíamos a nuestros personajes favoritos más grandes de lo normal.
Cuando crecemos y podemos decidir cuándo ir al cine la
experiencia cambia en muchos casos, en otros no tanto. Ahora vamos al cine
cuando tenemos tiempo y dinero, están películas importantes, invitamos a
alguien especial, o porque es nuestro cumpleaños.
Hoy en día ya no elegimos qué película vamos a ver en la
cartelera del cine, pues días antes la checamos por internet, pasamos la
captura de pantalla de las funciones disponibles a nuestro amigo y ahí
decidimos qué película vamos a ver y en qué horario.
Para ir al cine ahora tenemos la libertad de elegir que
ponernos, pero en la mayoría de los casos seguimos bañándonos y vistiendo
prendas limpias y que estén dentro de nuestras favoritas. Antes de llegar al
cine ya está bien acomodada en nuestro estomago la emoción parecida a la que
teníamos cuando éramos niños yendo a dormir en noche buena, no sabemos si
nuestro amigo ya va a estar esperándonos o tendremos que esperarlo nosotros,
aunque cualquiera de los dos casos emociona. Llegamos al cine, nos encontramos
con él y juntos decidimos si vamos a querer algo de dulcería, ahora es
diferente porque nos toca pagar todo lo que consumamos y no es muy barato que
digamos, pero cuando se va acompañado se pueden dividir las cuentas.
La emoción crece cuando llega la hora de ir a la sala,
encontrar los asientos previamente elegidos y esperar a que apaguen las luces
para sumergirnos al menos dos horas en un mundo diferente, lleno de efectos especiales,
sonidos fuertes y emociones ajenas que sentimos en carne propia, como si
nosotros estelarizáramos la película.