viernes, 20 de abril de 2018

Narraciones ordinarias: Ir al cine.

Cine en Ixtapa. Foto: Yllaly Barba Morales
Ir al cine era un acontecimiento especial, ya que en casa se veían películas todos los días, pero salir para ir al cine era poco usual. Sólo pasaba cuando había alguna película importante, alguien especial de visita o porque se pidiera ir como festejo de cumpleaños.

A veces sólo se decidía ir, y aunque era una decisión casual, teníamos que darnos el tiempo para bañarnos y ponernos la ropa limpia más bonita disponible (vestidos de fiesta no, obviamente). Mamá y papá pedían un buen comportamiento acompañado de una pequeña amenaza durante el camino de no volver si había berrinches puesto que el cine siempre fue un lugar lejano a la casa, ahí una de las razones por las cuales no íbamos seguido.

Llegábamos y veíamos las películas disponibles en la pared, brillando ante nosotros. Elegíamos la que nos parecía la mejor opción, mamá y papá iban a taquilla a pedir los boletos por una ventanilla que tenía un micrófono extraño, y lo siguiente era la dulcería, elegir qué comer y qué no comer era sumamente difícil ya que no sólo estaba presente ese irresistible aroma a palomitas con mantequilla, también estaban los chocolates y demás golosinas detrás de una vitrina, esperando por nosotros. Si había un poco de suerte se pedían las palomitas y también los dulces, si no igualmente había palomitas.

Después de un rato se pasaba a las salas donde a pesar de estar algo oscuro y frio, se sentía una emoción grande, como cuando te vas a dormir en noche buena. Papá y mamá nunca nos dejaron ir hasta al frente e íbamos a los lugares más atrás disponibles.

Las luces se apagaban y comenzamos una aventura maravillosa donde veíamos a nuestros personajes favoritos más grandes de lo normal.

Cuando crecemos y podemos decidir cuándo ir al cine la experiencia cambia en muchos casos, en otros no tanto. Ahora vamos al cine cuando tenemos tiempo y dinero, están películas importantes, invitamos a alguien especial, o porque es nuestro cumpleaños.

Hoy en día ya no elegimos qué película vamos a ver en la cartelera del cine, pues días antes la checamos por internet, pasamos la captura de pantalla de las funciones disponibles a nuestro amigo y ahí decidimos qué película vamos a ver y en qué horario.
Para ir al cine ahora tenemos la libertad de elegir que ponernos, pero en la mayoría de los casos seguimos bañándonos y vistiendo prendas limpias y que estén dentro de nuestras favoritas. Antes de llegar al cine ya está bien acomodada en nuestro estomago la emoción parecida a la que teníamos cuando éramos niños yendo a dormir en noche buena, no sabemos si nuestro amigo ya va a estar esperándonos o tendremos que esperarlo nosotros, aunque cualquiera de los dos casos emociona. Llegamos al cine, nos encontramos con él y juntos decidimos si vamos a querer algo de dulcería, ahora es diferente porque nos toca pagar todo lo que consumamos y no es muy barato que digamos, pero cuando se va acompañado se pueden dividir las cuentas.

La emoción crece cuando llega la hora de ir a la sala, encontrar los asientos previamente elegidos y esperar a que apaguen las luces para sumergirnos al menos dos horas en un mundo diferente, lleno de efectos especiales, sonidos fuertes y emociones ajenas que sentimos en carne propia, como si nosotros estelarizáramos la película.

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